
- No puedo entender que alguien pensara en un animal tan ruin, mezquino y sucio para representar algo tan extraordinariamente bello, puro, hermoso e indefinible como la Paz -dije, mientras miraba cómo un hombre alimentaba a las palomas en la Avenida dos Aliados-. Y me da igual que fueran blancas, que esas son las peores, pues tienen unos ojos rojos que dan un mal rollo que te cagas.
Acaso una hiena hubiera cumplido mejor el papel -pensé.
No había terminado de hablar cuando decenas de aquellos seres alados repugnantes, qué digo, quizás cientos, rompieron su caótica formación en busca de migas y cortezas de pan, levantaron el vuelo, y se abalanzaron de forma repentina con la intención de incrustarse en el objetivo de mi cámara.
Afortunadamente me libré de ellas y de sus excrementos radioactivos, aunque esas malditas siguieron presentando batalla todo el fin de semana. Malditas ratas con alas.