
Hong Kong no duerme. La noche la excita y pone todo su empeño en pavonearse. Miles de luces se difuminan en el agua de la Bahía ante el asombro de locales, foráneos y perdidos. A ambos lados, millones de carteles de neón invitan al consumo, a consumir y a consumirse entre una marea humana, un atasco continuo de personas, que no de autos. Lo más occidental del mundo en oriente, una puta locura mis estimados. Locura grata.





